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Los tres grados masónicos: un camino de transformación

  • 31 may
  • 2 min de lectura

Uno de los malentendidos más comunes sobre la masonería es el que convierte sus grados en una jerarquía de poder o de conocimiento secreto. Los tres grados de la masonería simbólica — Aprendiz, Compañero y Maestro — no son escalones hacia un conocimiento exclusivo. Son etapas de un recorrido interior, cada una con sus propias preguntas, sus propios símbolos y sus propias exigencias.

El maestro no sabe más que el aprendiz en el sentido de poseer información superior; sabe más en el sentido de haber recorrido más camino y de haber confrontado más preguntas sobre su propia vida y sobre su lugar en el mundo.


Escuadra y compás: los símbolos de los grados masónicos
Los instrumentos del constructor como metáforas del trabajo interior


El Aprendiz: comenzar por el principio

El primer grado — el de Aprendiz — invita al candidato a reconocerse como piedra en bruto. No en el sentido peyorativo de ser defectuoso o inferior: en el sentido preciso de ser un potencial no realizado todavía, una forma no encontrada aún. El trabajo del Aprendiz es comenzar a reconocer en sí mismo qué hay que trabajar, qué hábitos examinar, qué certezas cuestionar.

Las herramientas que recibe el Aprendiz — el mazo y el cincel — son instrumentos de desbaste: sirven para quitar lo que sobra, no para construir lo que falta. Es una imagen honesta de lo que significa empezar: antes de construir hay que limpiar, antes de crecer hay que reconocer los obstáculos.


El Compañero: el conocimiento como responsabilidad

El segundo grado amplía el horizonte. Las herramientas del Compañero son instrumentos de medición y verificación: la regla, el nivel, la plomada. El énfasis se desplaza del trabajo sobre uno mismo hacia el conocimiento del mundo: las artes liberales, las ciencias, la historia, la filosofía.

Pero este cultivo del conocimiento no es un fin en sí mismo: es una responsabilidad. Conocer más implica deber más — deber a la comunidad, deber a la verdad, deber a quienes no tienen acceso a ese conocimiento.


El Maestro: la muerte como maestra

El tercer grado es el más solemne y el más profundo. Su ritual dramático confronta al candidato con la realidad de la muerte, a través de la leyenda de Hiram Abiff. El maestro arquitecto del Templo de Salomón muere fiel a sus compromisos, rechazando revelar el secreto de su grado aunque ello le cueste la vida.

Este grado no habla solo de la muerte física: habla de todas las muertes que atravesamos a lo largo de la vida. El maestro es quien ha aprendido a atravesar esas muertes sin perder la fidelidad a lo que realmente importa — quien sabe que el tiempo es finito y que esta finitud, bien comprendida, es la mejor maestra de la vida.

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