En octubre de 2019, operarios con trajes de protección trasladaron en helicóptero el féretro de Francisco Franco desde el mausoleo que él mismo mandó construir con mano de obra forzada de prisioneros. Cuarenta y cuatro años de democracia, y España seguía gestionando los restos del dictador como material radiactivo — peligrosos no por lo que eran, sino por lo que seguían significando. La muerte de un dictador no lo encierra. Encierra una versión de él. El resto permanece.