¿Puede la masonería renovarse? Un debate necesario
- 31 may
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La masonería en el mundo occidental está perdiendo miembros. No en todas partes ni al mismo ritmo, pero la tendencia general es clara: el número de logias activas disminuye, la edad media de los hermanos aumenta, y los intentos de atraer a generaciones más jóvenes producen resultados modestos. Lo que falta, con frecuencia, es una respuesta a la pregunta más difícil: ¿puede la masonería renovarse sin perder lo que la hace valiosa?
Esta pregunta no tiene una respuesta sencilla. La tensión entre tradición y renovación es real, y sus términos son exigentes en ambas direcciones.

Lo que la masonería no puede perder
Hay elementos de la tradición masónica que, si se abandonan, dejan de existir lo que hace que la masonería sea lo que es. El ritual es uno de ellos: no en el sentido de que cada palabra debe permanecer invariable, sino en el sentido de que la experiencia ritual — el trabajo simbólico, la presencia física, la solemnidad del gesto — es el corazón de la iniciación masónica.
La fraternidad concreta es otro elemento irrenunciable: no la fraternidad declarada, sino la practicada. Y el compromiso con la verdad: la disposición a examinar las propias ideas y a revisarlas cuando la evidencia las contradice.
Lo que la masonería puede y debe cambiar
Hay aspectos en los que la tradición masónica ha acumulado formas que ya no sirven a sus fines originales y que pueden — deben — cambiar. La opacidad excesiva es uno de ellos: en el siglo XXI, en las democracias liberales, el secreto se ha convertido en un obstáculo para la comprensión pública de lo que la masonería realmente es.
La homogeneidad social es otro. Las logias deberían ser genuinamente diversas — en clase, en profesión, en origen cultural — si quieren practicar lo que predican.
El peligro de la renovación mal entendida
La renovación mal entendida puede ser tan dañina como el inmovilismo. Hay obediencias masónicas que, en su afán de modernizarse, han vaciado sus rituales de contenido simbólico y reducido su mensaje a una versión aguada de los valores liberales. El resultado es una institución que no ofrece nada que no pueda obtenerse en otro lado.
La renovación que merece ese nombre mantiene lo esencial y cambia lo accidental — y tiene la sabiduría de distinguir entre ambos.


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