La masonería y la educación: una tradición ignorada
- 31 may
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Cuando se habla del legado histórico de la masonería, la conversación suele derivar rápidamente hacia la política, los escándalos o las teorías conspirativas. Lo que raramente se menciona es el compromiso histórico de la masonería con la educación pública — un compromiso que ha producido escuelas, bibliotecas, universidades e instituciones culturales en los cinco continentes.
Este compromiso no es accidental. Nace directamente de los valores fundamentales de la masonería: la convicción de que la ignorancia es la raíz de la tiranía, que la educación es el fundamento de la libertad, y que una sociedad de ciudadanos informados es la mejor garantía contra el despotismo.

Las escuelas masónicas
Desde el siglo XVIII, las obediencias masónicas establecieron escuelas para los hijos de los hermanos y, progresivamente, para comunidades más amplias. En España, la actividad educativa de la masonería fue especialmente intensa durante la Segunda República (1931-1939), cuando muchos masones participaron activamente en el proyecto de expansión de la educación pública laica.
Esta vinculación entre masonería y educación laica es una de las razones de la virulencia del antimasoneísmo franquista: atacar a los masones era también atacar al modelo educativo que encarnaban.
Las bibliotecas y la difusión del conocimiento
Paralelo al compromiso con la educación formal, la masonería desarrolló un compromiso igualmente sólido con la difusión del conocimiento a través de bibliotecas y publicaciones. Las logias masónicas del siglo XIX funcionaban frecuentemente como centros culturales: organizaban conferencias, mantenían bibliotecas accesibles y publicaban revistas que difundían el pensamiento ilustrado.
En muchos países latinoamericanos, las logias masónicas fueron pioneras en la fundación de bibliotecas públicas en ciudades donde no existía ninguna otra institución capaz de asumir esa función.
La educación como acto político
Para los masones del siglo XIX y de la primera mitad del XX, educar no era solo un acto de beneficencia: era un acto político. Crear ciudadanos capaces de leer, de razonar y de participar informados en la vida pública era construir los cimientos de la democracia.
En un mundo donde la calidad de la educación pública sigue siendo una cuestión central de justicia social y de salud democrática, recuperar la memoria de quienes hicieron de la educación su proyecto político fundamental tiene valor de ejemplo.


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