¿ES EL HOMBRE REFLEJO DE UNA “MENTE SUPREMA”?

Los científicos son hoy, sobre todo, técnicos especialmente tocados por la “luz” de la imaginación creativa, que no es otra cosa que la intuición desarrollada por la repetición en la verificación de las analogías y de las oposiciones, contrastadas experimentalmente. Muy a menudo son los primeros sorprendidos por sus hallazgos y, desde luego, no les corresponde a ellos, como analistas de parcelas concretas, extraer conclusiones holísticas. El macroanálisis ha de correr a cargo de pensadores fértiles a la altura de su tiempo (prefiero referirme así a los verdaderos sabios). Lo reconocen gentes de la talla de Schroedinger o del mismo Einstein.

Para algunos puede resultar altamente enigmática -o sospechosa- la pregunta que formulo. Creo que buena parte del problema radica, precisamente, en no presentar los conceptos tradicionales en términos actualizados.


El “Hombre”, con mayúscula, representa un arquetipo humano, en tanto que el “hombre” representa a los seres de la especie homo-sapiens, varón y hembra. La Mente Suprema parece un eufemismo para aludir a Dios, aunque, de hecho, sea un eufemismo para eludir a Dios. Y es que sólo eludiendo una determinada versión dogmática, parece posible llegar a una comprensión válida del concepto, susceptible de ser traducido de nuevo, pero sabiendo lo que se hace. Las palabras son símbolos cuyos valores se interiorizan cuando se comprenden.


El arquetipo humano corresponde, para los psicólogos, a la aspiración de propia realización total que yace en el inconsciente colectivo de la humanidad. La plenitud de cuantas potencialidades encierra el Hombre, proyectada parcialmente por cada mente humana, compondría la magnífica imagen del Gran Adan ( algo así como el Adan Kadmón de los cabalistas), fruto, de alguna manera, de una síntesis de toda la fuerza cósmica y capaz de aprender y reconvertir esa fuerza en poder demiúrgico. Los gnósticos y sus sucesores cristianos la llamaron “el Verbo”, que en el Principio estaba con Dios y era Dios.

Evidentemente, quienes nos movemos como bípedos erectos, necesitados primariamente de mantener los procesos biológicos ocultos que nos hacen vivir, conscientes , sólo gradualmente, de aquéllo que está en nuestro entorno inmediato - hasta donde llega nuestro tacto visual, empezando por valorar la interacción universal a partir de nuestras limitadas percepciones físicas - somos simples homo-sapiens sexuados que se pudren al morir. ¿De dónde hemos extraído, locos sublimes, las sutilezas demiúrgicas que elevan nuestra relación con el entorno terrestre a esferas cósmicas y nuestra condición a la de colaboradores o “hijos” de un dios?


Deberíamos ascender por la vía simbolista para identificar las manifestaciones puntuales de cuanto se nos presenta como “la realidad”. Esa vía simbolista ha sido siempre básicamente bifronte: el lenguaje y la comparación analógica. Las dos rodadas de tal vía confluyen en lo que hemos llamado la “ciencia” o resumen de las ciencias humanas. El análisis de las analogías y el estudio de la interacción física nos ha ayudado a pasar de lo inmediato a lo mediato, de lo concreto a lo abstracto y de lo inmanente a lo trascendente. Pero si hemos podido realizar esas abstracciones y dar esos saltos, es porque tal posibilidad estaba contenida en nosotros como bípedos erectos, etc.. No es pura fantasía que una prótesis del ojo de ese bípedo terrícola haya examinado el planeta Júpiter, ni lo es que semejante ojo sea la proyección de un grupo (o del grupo) humano, como resumen de una pluralidad de inteligencias particulares unidas en la construcción de telescopios y satélites, que vienen a ser así símbolos de inteligencia cósmica.


¿Por qué empeñarnos en cambiar de rasero para negar valor a símbolos que siguen apuntando más allá de lo hasta ahora alcanzado? ¿No nos lleva la evolución humana a planteamientos filosóficos que son la expresión de nuestro nivel de conciencia?. Es evidente que nuestro tiempo exige el abandono de posturas que está haciendo obsoletas el nuevo nivel de conocimientos adquiridos y que es necesario un nuevo análisis filosófico en contra de lo que tan radicalmente vino postulando el cientificismo racionalista y en contra, tambien, de una visión dogmatizada o esclerotizada de lo trascendente.